6 min read Jorge Eithan Treviño Selles

Sigo vivo :D

Estás en tu mejor racha y la vida te frena en seco. ¿Y ahora qué? Esta es mi historia sobre una operación, una carrera perdida, y las cosas que aprendí cuando no me quedó de otra más que parar.

personal salud running reflexión universidad

Si estás leyendo esto, probablemente estás en una de dos situaciones: o te pasó algo parecido y buscas saber que no eres el único, o simplemente te dio curiosidad el título. En cualquier caso, bienvenido. Esta es mi historia, y si algo de lo que escribo te sirve, entonces valió la pena contarla.

Nada está escrito

Estaba en probablemente el mejor punto de mi vida: último semestre de Mecatrónica en la UNAM, entrenando para romper mi récord personal en el medio maratón Kardias, liderando IEEE como presidente de la Rama Estudiantil, cursando mi diplomado, empezando mi tesis. Todo iba según el plan.

Hasta que dejó de ir.

Un viernes 13 — sí, viernes 13, como en la peli — llegué a mi clase en bici y de pronto sentí un dolor que no me dejó ni llegar a la enfermería; me hospitalizaron de emergencia en cuestión de horas. Lo que siguió fueron días de hospital, anestesia, dolor, papeleos con bastón en mano, y una palabra que se repitió una y otra vez en mi mente: “reposo”.

Tres semanas. Sí, suena poco, pero cuando tu vida gira alrededor de moverte — correr, ir a clases, ir al gym, dormir poco, no pasar más de 3 horas en un lugar — tres semanas quieto se sienten como tres meses.

Lo que más pegó

Lo más difícil no fue el dolor físico. Fue la impotencia.

Ver a la gente a mi alrededor avanzar mientras yo no podía ni ir a la tienda. Ver que la fecha de Kardias (una carrera que me encanta) se acercaba sabiendo que no estaría en la línea de salida. Hacer cuentas mentales de todo lo que se estaba acumulando: tareas, proyectos, responsabilidades.

De un día para otro, pasé de correr más de 20 kilómetros sin cansarme a celebrar que podía subir las escaleras sin ayuda. Era como regresar a la primaria después de haber resuelto ecuaciones diferenciales.

Y en ese vacío, aparecieron pensamientos que no esperaba: dudas sobre mi valor como persona, frustración conmigo mismo por no poder “producir” nada, la sensación de estar estancado mientras el mundo seguía girando y desesperación de no poder ni sentarme 10 minutos a trabajar.

Si alguna vez te has sentido así — que tu valor depende de lo que produces — quiero que sepas que no estás solo. Y que no es verdad.

Aprender a caminar otra vez

Pero algo cambió cuando empecé a caminar.

No correr. Caminar. Despacio, con cuidado, sin prisa. Primero fueron 2,000 pasos. Luego 5,000. Luego 8,000. Un día logré 10,000 y sentí que había ganado un maratón (aunque debí caminar menos ese día xd).

Cada mil pasos extra era una pequeña victoria. Y esas pequeñas victorias me fueron devolviendo algo que no sabía que había perdido: la perspectiva.

Me di cuenta de que llevaba meses funcionando en automático, por inercia. Correr por inercia, estudiar por inercia, avanzar por avanzar pero sin una dirección clara; hacía las cosas porque hacer era lo único que sabía hacer. La operación me obligó a parar, y al parar, pude conocer partes de mí que había ignorado por no dejar de avanzar.

Lo que no valoraba

Caminar en el parque. Así de simple.

Ver el sol de la mañana desde la ventana. Platicar sin prisa con la gente que quiero. Estudiar algo nuevo y sentir curiosidad genuina. Desarrollar proyectos que hicieran la vida de la gente mejor. Jugar con mis perros. Abrazar a mi novia. Reírme con mis amigos de babosadas.

Todo eso estaba ahí antes de la operación. Pero yo estaba demasiado ocupado “siendo productivo” para realmente valorarlo.

La gente que apareció

Si algo bueno trajo esta experiencia, fue confirmar quiénes están de verdad.

Mi familia estuvo ahí desde el primer momento. Mis papás, mis primos, mis tíos, mi novia, mi abuelo (que además es médico y me salvó de más de un susto durante la recuperación). Todos aguantaron mis peores días sin soltar la mano, incluso cuando les exigí que no me apoyaran y los traté horrible.

Y mis amigos. Los de verdad. Los que mandaban mensajes aunque me tardé 10 horas en contestar. Los que fueron a visitarme. Los que me saludaban espontáneamente cuando me los encontraba. Los que me mandaban las tareas y me explicaban lo que me perdí en clase. Los que no me buscaban porque necesitaran algo, sino porque les importaba.

También mis profesores y compañeros de la Facultad. Tuve la fortuna de convivir con personas que no solo son excelentes técnicamente, sino que son grandes seres humanos. Nunca me dejaron solo y estoy agradecido de haber coincidido con ellos.

A todos ellos: gracias. De verdad.

Si estás pasando por algo similar

Si eres estudiante, deportista, o alguien que vive a mil por hora y de pronto la vida te frena en seco, esto es lo que aprendí:

Tu salud es primero. Suena obvio, pero no lo es cuando estás acostumbrado a forzarte. No hagas cosas que no debes hacer antes de tiempo. Tu cuerpo te va a cobrar la factura, muy caro y muy rápido.

No te compares. Las redes sociales y la cultura de hiperproductividad nos hacen creer que si no estamos avanzando, estamos retrocediendo. No es cierto. A veces parar es avanzar. Estamos hechos de carne y hueso, no de código y tablas de Excel.

Da lo mejor de ti, pero sin auto-sabotearte. Mantente activo dentro de lo que puedas. Haz las tareas, repórtate con tu manager, participa a distancia. Pero no te destruyas por querer demostrar que “puedes con todo.”

Ten paciencia. Es lo más difícil, pero también lo más importante. Sanar toma tiempo, y ese tiempo no es tiempo perdido, es una inversión para volver a la normalidad.

Habla con alguien. No cargues solo. Si te sientes frustrado, ansioso, o si sientes que tu valor depende de lo que produces, habla con alguien de confianza o busca ayuda profesional. No es debilidad, es una necesidad.

Los 35,000 pasos: decisión > inercia

Dato curioso: mientras estaba internado, antes de que me dieran el diagnóstico, estaba recargando una y otra vez la página de inscripción del Medio Maratón y el Maratón de la Ciudad de México. No sabía qué venía, pero sabía que tenía que hacer lo que pudiera con lo que tenía (y soy medio terco).

Perdí Kardias y me duele. Era mi oportunidad de romper otra marca, de sentirme libre, de dar un paso más hacia mi sueño de correr un maratón en menos de tres horas.

Pero lo que no perdí fue el plan. Ni las ganas. Ni mis metas.

Cuando vuelva a correr — y voy a volver, denme tantito — ya no va a ser por inercia. Va a ser por una decisión consciente. Una decisión que va a hacer que cada uno de los 35,000 pasos de un maratón no sean por inercia, sino por decisión.

No tenemos control de todo lo que pasa en la vida. Pero sí de cómo lo afrontamos. Como diría Pinocho: “Dar lo mejor es lo mejor que uno puede hacer”.

Puede que estas semanas sean complicadas, pero sigo vivo. :D

En el hospital, viernes 13


Si estás pasando por algo similar y necesitas hablar, no dudes en hablarle a algún amigo, o a mí lmao. A veces solo necesitamos saber que no estamos solos.

Comments

Loading comments...

Sign in to comment

or